LOS MÁS POBRES ENTRE NOSOTROS

Recientemente vi un video de la Madre Teresa que con motivo de su canonización proyectaron durante la misa. Era un discurso en el cual la ahora santa Madre Teresa nos pedía poner especial atención y cuidado a los más pobres entre los pobres a nuestro alrededor, agregando que esos no siempre son las personas que viven en extrema pobreza, como los indigentes y leprosos de Calcuta.

Mencionaba que le había llamado mucho la atención ver que en la casa de las hermanas de la caridad en Londres, las personas no sonreían, pues “hasta en Calcuta” personas viviendo en la más absoluta pobreza eran capaces de sonreír. Los ancianos en Londres tenían un techo, alimento y cuidados de salud, pero no sonreían pues se sentían abandonados, esperando cada día que alguien fuera a visitarlos, sin nunca ver llegar a nadie. Continuaba diciendo que hoy, la gran pobreza en los países ricos es la soledad. El verse rechazado, no querido, no cuidado, sin ninguna importancia para los demás.

Se me llenó el corazón de tristeza y pensé en quiénes podrían ser esas personas tan pobres a mi alrededor… de repente recordé la incidencia de niños suicidas en Katy (si, Katy). No sé qué estadísticas existan oficialmente, pero a través de mis hijos he sabido de tres diferentes compañeros con tendencias suicidas, una de ellos estando aún en primaria, lo cual para mí era impensable. Yo nunca escuché hablar de suicidio mientras crecía, mucho menos que se tratara de un compañerito de la escuela. Me pregunto ¿qué está pasando con esos niños que en lugar de amar la vida y disfrutar su niñez están tan tristes o desesperanzados como para pensar en morir? ¿dónde están sus padres? ¿cómo están viviendo ellos también?

Podemos darnos cuenta que los más pobres entre los pobres pueden estar viviendo a sólo unos pasos de nosotros, quizás en casas más grandes y lujosas que las nuestras. Tanto Madre Teresa como el evangelio nos invitan a salir a buscarlos y ofrecerles siquiera una sonrisa, una conversación o una palabra de aliento, de fe, de esperanza. Y aún más cercano que eso, nos retan a pensar y preguntarnos cómo están viviendo los miembros de nuestra propia casa. Mi esposo y mis hijos ¿se sienten y se saben amados?

La invitación a amar es más práctica de lo que yo solía pensar. Dar vida y esperanza a los demás comienza en los actos pequeños, pero con mucho amor, que yo pueda hacer por mis seres queridos. El respeto, la aceptación y el perdón son regalos que debo dar primero en mi casa. Como dice Papa Francisco: “para llevar adelante una familia es necesario usar tres palabras: permiso, gracias, perdón.”
Que el Señor nos ayude a construir ese hogar de paz y amor donde todos los miembros de la casa vivan en libertad y alegría, mirando el porvenir con fe y esperanza. Así sea.


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